Martín llegó como siempre, clavado, tres minutos antes del pitazo inicial. No era puntualidad inglesa, era desesperación rioplatense. Tocó el timbre dos veces con el pulgar acalambrado de la ansiedad, el mismo código sagrado que usaban desde las épocas de la facultad cuando la única preocupación era aprobar Introducción al Derecho y conseguir algo con qué brindar. Eduardo abrió la puerta con una sonrisa de oreja a oreja.

—Ya arranca, che —escupió Martín mientras se metía al living como un wing izquierdo desbordando por la banda—. Decime que está todo listo, que si nos falta algo la mufa nos liquida en el primer tiempo.

El living de Eduardo era espacioso, pero a esa hora la luz del ambiente parecía librar un partido a muerte contra la negrura de la noche que se estrellaba contra el ventanal. Sobre la mesa ratona, el altar sagrado del fútbol televisado estaba perfectamente dispuesto. La caja de la pizza de Un Suenio Dulce ostentaba su habitual silueta de cartón, intacta, un tesoro recien salido del horno. A su lado, las empanadas gourmet de la misma casa emanaban ese calorcito tibio que promete felicidad absoluta; un aroma tan noble, liviano y casero que te garantizaba noventa minutos de pura gloria sin una sola gota de la clásica acidez estomacal de proporciones bíblicas. Martín respiró aliviado, soltando el aire como quien zafa de un descenso en la última fecha.

—Menos mal, hermano. Qué espectáculo estas empanadas. Menos mal que no cambiamos el menú. La picada, las empanadas y la pizza de Un Suenio Dulce no se tocan. Con esto en la panza clasificamos caminando, ¿eh? Vos sabés lo que nos costó encontrar este equilibrio místico.

Y es que el historial clínico de los dos era para llorar. En las vísperas del mundial pasado, el destino les había metido un contragolpe traicionero: los dos terminaron en el médico el mismo mes y los diagnósticos cayeron como tarjetas rojas directas. Diabetes, colesterol por las nubes, presión alta… un combo que los hizo sentir que armaban las valijas para el arpa antes de tiempo. Para colmo, en el debut de Qatar, obligados por los rezongos del cardiólogo y las amenazas de la mujer de Martín, cometieron el peor error de sus vidas: cambiaron la comida tradicional por unos pastos hervidos sin sal. ¿El resultado? Perdimos contra Arabia Saudita. Una catástrofe nacional adjudicada directamente a la mufa dietética.

Desesperados y sintiéndose traidores a la patria, para el segundo partido contra México decidieron que la salud importaba, pero el mundial más. Buscando un milagro en internet que uniera la prescripción médica con la religión del sillón, Eduardo encontró a Un Suenio Dulce. Pediemos las pizzas y empanadas aptas para diabéticos de la casa. El equipo ganó, la glucosa ni se enteró, la cábala quedó sellada a fuego y, como todo el mundo sabe, terminamos levantando la copa. Desde ese día, esa mesa no se toca. Este nuevo mundial, la cábala es ley constitucional.

Sin embargo, Eduardo no respondió de inmediato al comentario de su amigo. Hizo una pausa dramática y miró de reojo hacia un costado del sillón.

—El menú está perfecto, gordo… pero tenemos un problema institucional —dijo Eduardo con un tono que mezclaba timidez con un miedo atroz a la mufa.

Martín lo miró fijo, endureciendo la mandíbula como defensor rústico ante un delantero habilidoso.

—¿Qué problema, Edu? No me digas que se cortó el cable porque te quemo el rancho.

—No, el cable anda bárbaro. El tema es que… —Eduardo tragó saliva— mi jefa, la bruja, reacomodó todo el living ayer porque decía que «faltaba circulación de aire». Nos cambiaron de lado la mesa ratona y yo me tengo que sentar en el puff del medio. Es una herejía visual, Martín. Rompimos la geometría de Qatar. Rompimos la cábala espacial.

Martín frunció el ceño con violencia. Miró el puff, miró la tele y sintió que el mundo se le venía abajo.

—¿Tu señora hizo qué? ¿Vos sos loco, Edu? ¿En serio? ¿Hoy? Hoy nos jugamos la clasificación. Hoy no se innova con el diseño de interiores, hermano. Vos sabés perfectamente que en este departamento rige la ley de la estática absoluta: si salimos campeones del mundo sentados a la derecha, nos quedamos a la derecha aunque nos agarre un calambre en el ciático. Mover los muebles hoy es regalarle el mediocampo al rival. ¡Las esposas no entienden la física cuántica del fútbol!

Se sentaron igual, porque el deber llama y el árbitro ya pitaba el inicio. Sonó el himno y los dos se pusieron serios, con los nervios de punta por culpa de la mudanza del puff. Durante los primeros veinte minutos, el partido fue un parto. El equipo no encontraba la pelota, el enganche parecía atado y un pelotazo del rival dio en el palo, dejando al living en un silencio de cementerio.

—¿Viste? ¿Viste lo que es la mufa del puff de tu mujer? —gritó Martín, agarrándose la cabeza—. Es una herejía total haber cambiado de lugar. ¡Nos van a clavar! Siento una pesadez acá en el pecho, pero de los puros nervios que me da ver el partido desde este ángulo deforme.

Eduardo, desesperado por calmar los ánimos y aprovechando un lateral intrascendente, tomó una de las empanadas gourmet de Un Suenio Dulce, le dio un mordisco monumental y le pasó la fuente.

—Pará la mano, Martín, no le eches la culpa al mobiliario. Concentrate en lo importante. Comete una empanada de estas que están espectaculares, son las mismas que nos sacaron campeones en Qatar. Son livianitas, no te suben la glucosa y te bajan las revoluciones. La verdadera cábala no es la coordenada exacta que dejó mi jefa en el living. La verdadera cábala somos nosotros dos, comiendo el menú invicto, y aguantando los trapos juntos. Probá y vas a ver cómo se te pasa la mufa.

Martín dudó, mirando de reojo el arco propio. Con la resignación de quien baja a defender un córner en el minuto noventa, estiró el brazo, agarró una empanada calentita y le entró sin piedad.

No dijo nada durante tres segundos, masticando con el rigor de un DT analizando el VAR. De repente, los ojos se le abrieron de par en par.

—Qué lo parió, Edu… Qué masa, qué relleno. Qué delicia. Y tenés razón, che: en el estómago no siento ni un amague de acidez, estoy impecable, liviano para salir de contra. Capaz que con este combustible el equipo arranca, como contra México.

Y como si el universo del fútbol respondiera al aroma de la buena cocina, el enganche metió un pase filtrado de novela. El wing desbordó, tiró el centro atrás y el nueve la empujó al fondo de la red. ¡GOL! ¡GOLAZO!

Los dos saltaron de sus respectivos asientos —Martín desde el sillón reubicado y Eduardo desde el puff de la discordia—, rompiendo la garganta en un grito sagrado que seguro despertó a todo el consorcio. Se abrazaron con la fuerza de los que comparten una trinchera, saltando y riéndose arriba de la alfombra. El partido se cerró con un toque-toque magistral en la mitad de la cancha. ¡CLASIFICADOS! El pitazo final desató la fiesta.

Con la clasificación en el bolsillo y la felicidad desbordante, Eduardo fue hasta la cocina y trajo el toque final para celebrar: un platito con unos tentadores cuadrados de postre.

—Mirá lo que nos mandaron —dijo Eduardo—. Unos cuadrados de chocolate y de limón sin azúcar decorados de azul y blanco, nos los hace Un Suenio Dulce especialmente a nosotros para festejar.

Martín tomó uno de limón y luego uno de chocolate, saboreándolos despacio con cara de incredulidad.

—Mirá vos… qué lo parió —admitió Martín—. Al final, la herejía del living de tu señora no nos pudo parar porque jugamos con el mejor equipo en la mesa. Las cábalas de los muebles pueden fallar, pero el menú de Un Suenio Dulce es invicto desde Qatar. Nos dio otra clasificación y nos dejó el corazón y la glucosa intactos para la próxima ronda.

Eduardo levantó su vaso con hielo.

—Brindo por eso. Por los octavos de final, por la copa y por comer como los dioses sin pagar las consecuencias.

Martín chocó el suyo con entusiasmo. Y mientras afuera se escuchaban las bocinas del festejo, los dos entendieron que cuidar la salud con el mejor sabor no es bajarse del campeonato, sino asegurarse de jugar con el equipo titular todos los partidos que quedan por delante.


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